sábado 12 de diciembre de 2009

El re-encuentro

Por alguna razón, el despertador no sonó aquella mañana.
Cuando abrí los ojos, ya era demasiado tarde.

Mi mente sabía que ese despertar tenía que ser con sabor a cansada, pues pocas horas de sueño avalaban mi saludo al sol. Y sin embargo, cuando tomé contacto con la realidad, sabía que algo extraño estaba sucediendo en este nuevo día.

Mi cuerpo relajado respiraba descanso y el placer de haber tenido un buen dialogo con la almohada.

Fueron tan solo unos segundos los que tardé en empezar a pensar y sin darme tiempo a desperezarme, aturdida, salté de la cama como quien busca respuestas y no sabe dónde encontrarlas. El reloj de la cocina marcaba un tictac abrumador, más por la hora que marcaba que por el sonido que emitía. ¿Se habría estropeado el reloj? ¿Por qué reflejaba la hora en que mi tren zarpaba de Atocha? Como si de una cámara oculta se tratase, no encontraba explicación a la situación. ¡Varios meses esperando este reencuentro no podían dejar que el día empezase de esta manera!

Rastreé mas marcadores del tiempo, dándome cuenta que todos hablaban el mismo lenguaje. Eran las 10 de la mañana del 20 de enero del 2009 ¿Estaría ante una conspiración de minuteros? O quizás esa mañana, la única mañana importante en la que el despertador debe cumplir su función, no había sonado la alarma.

Entre medio del barullo mental, mis dedos intentaban encender el móvil que no había querido sonar esa mañana... mientras me sumergía en la ley de Murfi, mi móvil fallaba justo cuando mas lo necesitaba. Él también conspiraba en esta intensa mañana.

Ese tren que tanto tiempo había estado esperando, que tantas ilusiones había forjado en su destino, ese tren... había zarpado sin mí.

El reencuentro se diluía efervescentemente, tanto que casi podía escuchar los chisporroteos de las burbujas. Y ensimismada en este concierto de glóbulos de aire escuché el contrabajo de unas palabras surgidas de la conciencia: ‘Lo que tiene que ser, es y cuando llegue, acéptalo, cierra los ojos o ábrelos hasta rasgarlos y déjate fluir’.

Como si de un Abra Cadabra se tratase, mi móvil despertó y ¡por fin pude conseguir los teléfonos que necesitaba!

- Buenos días, RENFE, ¿en qué puedo ayudarle?
- He perdido el AVE de las 10.00 ¿Hay alguna forma de cambiar el billete?
- Lo sentimos pero si el tren ha salido, no podemos cambiarlo.

- Buenos días Cielo, ¡he perdido el tren!
- Te esperamos aquí, vete Atocha y vuela con el primer pájaro disponible.

Salí corriendo de casa, dispuesta a llegar a Barcelona de cualquier forma. Unas horas mas tarde, estaba sentada en un vagón camino del esperado reencuentro.

Abrazos, sonrisas, miradas, visitas sorpresa, conversaciones intensas tuvieron lugar después de muchos meses de convivencia y otros tantos de desapego. Nepal nos había unido y Katmandú nos dio cobijo durante largos e increíbles meses de aprendizajes. El azar había hecho que nuestros caminos independientes se entrecortasen en las tierras que separan el Tibet del país de los Sharis. Para mi ser, esta parte del camino de mi vida fue un autentico regalo, el despertar profundo de un yo que estaba lapidado. Comencé a interiorizar palabras como: apréciate, conócete, quiérete, valórate... Palabras encadenadas rescatadas en mi conciencia gracias al hilo que las unen. Y es que fueron muchas las aventuras, las fiestas, los ‘holas’ y los ‘Hasta luego’, las enseñanzas, los aprendizajes, fueron tantas que cuando me tocó el turno de despedirme de esta etapa, sólo tenia lágrimas en los ojos que fueron acariciando todos los mares que surqué de regreso a casa. La semilla estaba sembrada, ahora yo tenía que ser mi jardinera.

Aterrizada, mientras intentaba anclar alguna raíz y ordenar el jaleo de mi habitación interior, tome mi primera decisión: ‘Cambiar de profesión’ Ahora arenas movedizas pasaban a formar parte del día a día y también la suerte y la alegría de poder escoger Mi Profesión.

- Hola Cielo, ¿cómo estas? ¿Eres Feliz? Ya estoy por Madrid.
- Animo cielo. Cuando uno enfoca sus deseos en hacer realidad sus sueños, no hay piedra que no pueda mover ni tren que no le lleve a su destino.

Y así fue como nació esta cita. En la tierra donde se ilumino Buda imaginábamos como sería un reencuentro en la tierra que nos vio nacer. Y aquí, después del despertar tardío, ya estábamos abrazándonos y preguntándonos:

- ¿Cómo estás? ¿Eres feliz?